
Del dolor al amor eterno
Vengo de una familia disfuncional. Mis papás se separaron cuando yo era pequeña, y crecí con mi mamá, mi padrastro, mis abuelos y mis dos hermanos en un hogar marcado por los vicios, las peleas y muchas heridas emocionales. Sin darme cuenta, adopté los mismos patrones que veía a mi alrededor. Empecé a vivir entre fiestas, alcohol y relaciones vacías, buscando algo que llenara el enorme vacío que sentía en el corazón.
No importaba cuántas veces saliera o con cuántos amigos estuviera… al llegar a casa, el vacío seguía ahí. El dolor, la tristeza y la soledad eran constantes.
Estuve muchos años en una relación de pareja que comenzó bien, pero con el tiempo se volvió tóxica. Él me fue infiel varias veces, y yo lo perdonaba, una y otra vez.
Vivía atrapada en un ciclo de dependencia emocional, pensando que no podía vivir sin él… porque al menos me daba un poco de ese “amor” que tanto buscaba.
Pero un día, todo empezó a cambiar. Mi mamá conoció a Jesús. Y poco a poco, todos en casa comenzaron a tener un encuentro real con Dios. Los vicios desaparecieron, y Él comenzó a restaurar mi familia desde adentro. Aun así, yo seguía aferrada a esa relación que me hacía tanto daño. No podía soltarla.
Hasta que un día, todo terminó. Y el dolor fue tan profundo que empecé a tener pensamientos de suicidio. Sentía que ya no podía más. Recuerdo que un día me arrodillé sola en mi cuarto y le dije a Dios con toda mi alma:
“Dios, no te conozco… pero me han dicho que tú sanas corazones. Por favor, sana el mío, porque no puedo más.”
“Te he esperado toda la vida. Yo voy a sanarte.”
Ese fue el inicio de mi historia de amor con Jesús.
Desde entonces, mi vida no es perfecta, pero sí es plena. Él ha comenzado a sanar cada parte rota de mí. Me ha enseñado lo que es el amor real, la paz verdadera y el propósito. Hoy puedo decir que ya no soy la misma. Jesús me rescató del dolor, de la dependencia, de la oscuridad… y me dio una vida nueva.
Si estás pasando por un momento de vacío, dolor o soledad: Dios también te está esperando. Él sana, restaura y transforma.
Solo tienes que decirle “aquí estoy”… y Él hará el resto.
Cuando todo se rompe… y aún así Dios permanece
Después de que Jesús llegó a nuestra vida y comenzó a restaurar nuestras heridas, pensamos que lo peor había quedado atrás… pero entonces llegó la prueba más dura que jamás imaginamos.
Mi hermano se sometió a una cirugía, y por una negligencia médica, terminó en coma.
Seis meses. Seis meses de hospitales, de esperar, de orar con lágrimas. Y la pregunta era ¿Dónde estaba Dios?
Y sin embargo… Él estaba ahí. En cada abrazo que nos dio la iglesia. En cada oración que nos sostenía. En cada ayuda inesperada de nuestros amigos y aún gente que no nos conocía. Dios se mostraba, aún cuando todo parecía derrumbarse.
Durante esos meses, algo increíble sucedió: en medio del dolor, Dios nos movió a amar.
Como familia, empezamos a ayudar a otros, a compartir el amor de Jesús y ayudarlos.
Hasta que un día… mi hermano murió.
No existen palabras para describir ese dolor. Sentí que el alma se me partía.
Pero si estoy aquí contándolo, es porque solo Dios pudo sostenernos.
Pasaron los años, y seguimos sirviendo. Ayudábamos, amábamos, caminábamos con otros… pero no sabíamos que todavía nos esperaban más despedidas.
Un día, sin previo aviso, mi abuelo —quien vivía con nosotros— sufrió un derrame cerebral y murió al instante.
Y poco tiempo después, mi abuela empezó a enfermarse gravemente.
Los hospitales se volvieron nuestra segunda casa. Dormíamos en salas de espera, en sillas, en el suelo frío. Aprendimos a hacerle diálisis en casa, sin ser médicos, solo por amor.
Y cuando ya no había más que hacer, ella también murió.
Y entonces… llegó la pandemia.
En 2021, el mundo entero se quebró. Pero el golpe fue personal:
Mi mamá y mi padrastro enfermaron gravemente de COVID.
Ambos terminaron en cuidados intensivos.
Mi mamá sobrevivió.
Mi padrastro murió.
Ese día… el dolor me paralizó.
No podía respirar. Me dolía el pecho. Literalmente.
Era como si el corazón se me hubiera roto en mil pedazos, y no quedara nada.
La ansiedad me ahogaba. La tristeza me sepultaba. Los pensamientos de muerte volvieron.
Solo una oración salía de mí, rota, cansada:
“Jesús… por favor, sálvame. No quiero vivir así.”
Cuando Dios te lleva a sanar de verdad
Después de tanto dolor acumulado, lágrimas contenidas y heridas profundas que intenté tapar con el servicio a Dios, un día llegó la respuesta a mi oración.
Jesús me llevó a comenzar un verdadero proceso de sanidad interior. Empecé a tener consejerías, sesiones de sanidad y también terapia. Y en ese proceso, me di cuenta de algo que nunca antes había entendido con claridad:
Durante todo lo que viví, nunca me detuve.
No me senté a llorar, a procesar, a despedir, a sanar. Pensé que solo con servir a Dios y ayudar a otros bastaba…
Pero no era así.
Porque a Dios no solo le importa lo que hacemos por Él.
A Él le importa nuestro corazón. Y quería sanar el mío.
Tiempo después, de manera completamente inesperada, Dios me habló de mudarme a Argentina para hacer una escuela sobrenatural
No lo tenía en mis planes. Pero le dije sí.
Y fue allí donde Dios comenzó a sacar a la luz todas las heridas que yo aún llevaba dentro.
Empezó a mostrarme los patrones tóxicos que había repetido por años. Tuve que romper muchas estructuras mentales, emocionales y espirituales.
Fue un proceso difícil… pero fue un proceso de libertad.
A día de hoy, sigo sanando. Sigo eligiendo ser mejor cada día.
No porque tenga todo resuelto, sino porque sé que Dios camina conmigo paso a paso. Y su amor no se agota.
Hoy, después de todo este camino, Dios ha puesto un nuevo propósito en mi corazón:
Acompañar a mujeres que han pasado por el dolor, la tristeza, la ansiedad, las relaciones tóxicas…
Y mostrarles, desde mi propio testimonio, que sí se puede sanar.
Que sí se puede volver a empezar.
Que Dios lo restaura todo.
Solo necesita un corazón dispuesto.
Y si el tuyo hoy está roto… te aseguro que Jesús quiere sanarte también.
El amor que todo lo restaura
Hoy miro hacia atrás y no puedo creer todo lo que viví… y todo lo que Dios hizo en medio de tanto dolor.
Crecí en medio de una familia rota, busqué amor donde no lo había, me aferré a relaciones que me destruían, perdí a personas que amaba profundamente y pasé noches enteras sin poder respirar del dolor.
Pero también viví algo que lo cambió todo:
Fui encontrada por el amor de Jesús.
Un amor que no me juzgó.
Un amor que no me exigió que estuviera bien para acercarme.
Un amor que simplemente me dijo: “Te he esperado toda la vida.”
Y desde ese momento, nunca más estuve sola.
Dios sanó mi corazón paso a paso. Me llevó a enfrentar mis heridas, a dejar de huir del dolor y a abrazar mi proceso.
Me llevó lejos de mi zona de confort para transformarme por dentro.
Y me mostró que el servicio no reemplaza la sanidad. Que ayudar a otros es hermoso, pero permitirle a Él ayudarme primero fue lo que realmente me salvó.
Hoy no soy perfecta.
Pero soy libre.
Y sigo caminando cada día con el deseo de ser más como Él.
Y si estás leyendo esto con el corazón herido, confundida, tal vez cansada de luchar sola… quiero decirte algo con todo mi ser:
Sí se puede sanar.
Sí hay un nuevo comienzo.
Y ese comienzo tiene nombre: Jesús.
Él no espera que llegues fuerte. Solo espera que llegues.
Y cuando lo hagas… no te va a soltar jamás.
